Casi Extraterrestres: Una Odisea
Hospitalaria sin Tocar Marte ni la Luna
Amigos, lo confieso. Hay lugares en la Tierra que nos dan un "yuyu"
tremendo, esos sitios donde entras solo porque no queda más remedio. Y no, no
hablamos de la casa de tu suegra (a veces), sino de los hospitales o
centros médicos. Parece que allí el aire huele a desinfectante y a
"trámites que-te-van-a-volver-loco".
Hace poco me tocó mi "ITV" particular (para
los que ya peinamos canas y tenemos una edad, es lo que antes llamábamos un
chequeo rutinario). Y, ¡sorpresa! La tecnología sigue avanzando a pasos
agigantados, dejándonos a los humanos normales con la misma cara de póquer que
si nos hubieran transportado a otra dimensión.
Al llegar a este magnífico hospital (sí, me contuve
para no llamarlo "nave nodriza"), en el gran hall de entrada,
me topé con un artilugio... ¡y no, no era una máquina de refrescos, aunque un
traguito me habría venido de perlas! Era un ingenio con una pantallita y el
famoso lector QR. Rápidamente, un señor de seguridad (que parecía un
guardaespaldas galáctico) me indicó que escaneara mi cita en papel.
Hasta ahí, todo bien. El cacharro escupió un tique con un
número, unas letras y el santo grial de mi destino: la consulta número 87-A.
¡Y aquí empezó la pequeña odisea!
Me puse a dar vueltas como un satélite desorientado. ¿Dónde
demonios estaba la 87-A? Era como buscar cebollas rojas o lechugas
chinas en el mercado... ¡sin encontrar el puesto! A mi alrededor, otros
"exploradores" con sus tiques en mano compartían mi confusión,
mientras una fila de novatos se formaba detrás de la misteriosa máquina QR.
Pero ya se sabe, buscando, todo se encuentra. Por fin, me
acomodé frente a la ansiada puerta 87-A. A esperar a que la auxiliar con bata (mi guía
intergaláctica) me llamara. El tiempo pasaba, las manecillas del reloj (o lo
que sea que usen en esos sitios) giraban... y nadie salía.
De repente, se abre la puerta, aparece la auxiliar, y me
llama por mi nombre, con una voz que implicaba cierto reproche: "Llevamos
un rato avisándole por la pantalla".
¡Aja! Aquí está el detalle que nos convierte en casi
extraterrestres. Por aquello de la protección de datos (que está muy
bien, no vaya a ser que se filtren mis niveles de colesterol), en la pantalla
no sale el nombre. ¡Sale un código! Un precioso RT-48 (o el que te
toque) que la maquinita te asignó al entrar.
Así que, adiós al "Señor Pérez" o "Doña
Rodríguez". Ahora eres tu código. Y reza para que tu RT-48 no suene a las
iniciales de alguna dolencia grave o
enfermedad rara porque el lío de
identidad puede ser monumental.
En fin, amigos, que entre maquinita y robot, estamos
aterrizando de cabeza en la era de los humanoides. Con tanto adelanto
técnico, no tardaremos en entrar en la consulta y que sea otra máquina la que
te haga un escaneo completo, detecte si la próstata está "chunga" o
si el azúcar se ha disparado.
Llegará el momento de sentarte frente al facultativo (que
seguro tendrá un robot-asistente) y, ¡milagro!, te ahorrarás dar explicaciones.
El doctor solo tendrá que pulsar un botón y la maquinita te imprimirá la receta
milagrosa.
Amigos vayan actualizando sus códigos QR, porque en la
próxima visita, o lo tienen a punto, o se quedarán con un palmo de narices a la
entrada de la nave... ¡digo, del hospital!
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