De Cocinillas con Delirios de Grandeza a Superviviente Gourmet:
¡Mi Trauma Navideño se Sirve Frío!
¡Amigos, llega la época más maravillosa del año! No hablo de
la paz y el amor, sino de ese período en el que tu cuerpo se prepara para
hibernar bajo una capa de turrón y calorías que, admitámoslo, son las que
de verdad tienen todas las vitaminas esenciales (y las no esenciales, ¡pero qué
sabrosas son!). Me encanta el buen yantar: aperitivos que podrían ser una
comida completa, un vinito que te susurra "Mañana empiezas la dieta, hoy
no cuenta," y platos que, si bien prometen la inmortalidad, se acercan más
a la indigestión feliz.
Todo este calvario, o más bien, esta inspiración diabólica,
comienzan en la caja tonta. Cuando agarro el mando, arranco el Juego de la
Oca del zapping, rebotando de canal en canal con la precisión de un dardo
borracho. Y, ¡oh, fatalidad!, siempre aterrizo en el templo del ego culinario:
el programa del Gran Chef. Él, con su sonrisa de porcelana y su chaqueta
impoluta, suelta su mantra en bucle: “¡Todo facilísimo! ¡En 15 minutos y con
ingredientes de andar por casa!”
¡Mentira! ¡Maldita, suculenta mentira!
Ahora, en lugar del viejo libro de recetas con manchas de
aceite que cuenta historias de generaciones, usamos la tablet en la
cocina. El humo y la grasa la bendicen mientras, con la frente sudada, nos
creemos la reencarnación de Ferrán Adrià. El problema es cuando el Chef te pide
un ingrediente que él describe como "fácil de encontrar en cualquier
rincón," pero que en realidad solo crece a la luz de la luna llena en
la Conchinchina, custodiado por un dragón vegetariano. ¡Y allí vas tú!
Peregrinación sagrada al colmado más exótico y polvoriento, donde el
dependiente te mira como si hubieras pedido un cuerno de unicornio.
Y en casa, el drama no termina. Todos, absolutamente todos,
se sienten poseedores de una receta mágica ancestral que solo ellos conocen.
Mientras tanto, la verdadera dueña de la cocina (léase: la que luego tiene que
fregar) mira el arsenal de cacharros desplegados y piensa con terror: “¡Va a
ensuciar 20 sartenes, 5 boles y 3 pinzas de precisión para hacer una tortilla
‘diferente’!” Lo "diferente", claro, es que lleve aire de
cilantro y espuma de patata.
La Cena de Juan: La
Degustación del Terror Nivel 7
Y así fue cómo llegué a la cena de Juan, ese amigo que,
después de ver un solo programa, se autoproclamó “Chef de Vanguardia”.
Fui, ingenuo de mí, a hacer de conejillo de Indias. Él me miraba fijo, con la
intensidad de un director de orquesta esperando la nota final de un solo de
violín, ansioso por mi veredicto.
¡El plato era un ataque a la integridad de mis papilas
gustativas! Juan no cocinó; perpetró un crimen químico en mi boca. Se le
fue la mano con el picante (creo que usó la bomba atómica del chile) y el
vinagre (quizás pensó que era agua). Mi lengua, en un acto de supervivencia
desesperada, pidió el divorcio y una orden de alejamiento del resto de
mi cuerpo.
Pero ¿qué haces? Eres educado. Puse mi mejor “cara de
disfrute exquisito”, esa expresión digna de un Óscar a la Mejor Actuación
de Sufrimiento Silencioso. Lagrimeaba a mares, no por la emoción del sabor,
sino porque el plato tenía más cebolla (y picante) que la vida amorosa de una
telenovela.
Y lo peor, ¡ay, lo peor de las cenas de chef improvisado!
Juan, ciego ante mi agonía, sentenció con una sonrisa beatífica: “¡Veo que
te gusta de verdad! ¡Qué bien! ¡Te pondré un poco más en cuanto termine de
hacer mi deconstrucción de postre!”
El dilema existencial se apoderó de mí: ¿Hago de tripas
corazón y me arriesgo a convertirme en un dragón que escupe fuego por la nariz,
o simulo un ataque de apendicitis fulminante y salgo corriendo? Elegí la
vía del mártir: tragar, sonreír y meditar sobre la indemnización por daños y
perjuicios internos.
El Plan de Huida
Navideño: Declaración de Falsa Alergia
Ahora, les confieso, ver un chef en la televisión me provoca
un Estrés Postraumático Culinario digno de estudio. Me salto los
programas con la velocidad de un ninja para evitar que mi nevera, poseída por
el espíritu del Gran Chef, me dé ideas terribles y facilísimas.
Y ahora se acerca la Navidad. Tiemblan mis huesos. Temo la
fatídica llamada de Juan para “sacrificar al pavo” o, peor aún, para “sacarle
las tripas al pescado” mientras me da una lección magistral sobre el tsunami
del sufrimiento.
Mi plan de huida es simple, radical y científicamente
incuestionable:
- Declararme
vegano estricto, celíaco y con intolerancia al gluten y la felicidad.
- O,
mejor aún, desarrollar una nueva y mortal “alergia al exceso de entusiasmo
en la presentación de platos”. (Funciona si digo que el aire de cilantro me cierra la
garganta).
- Y
si todo falla, fingir que he adoptado una dieta de únicamente huevos
fritos con patatas (hechos por mí).
Porque, ante todo, amigos, prefiero unos sencillos huevos
fritos con un par de patatas bien doradas y una natilla casera (hechos por mí y
lejos de cualquier experimento que implique una jeringa o un sifón), que volver
a pasar por el trance de mis amigos cocinillas.
¡A pesar de toda su buena intención (y de su peligro
inminente)!
Atentamente,
Pepe Aguilar, Superviviente y Defensor del Huevo Frito
Clásico.
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