martes, 9 de diciembre de 2025

 


Un Almuerzo 2.0: ¡La Convención de la Cubierta!

Hoy, como buen lunes y víctimas de la ineludible burocracia, tocaba hacer gestiones en Málaga capital. Se nos echó el tiempo encima, así que decidimos asaltar un restaurante famoso por su excelente menú y, seamos sinceros, porque sus precios son asequibles a cualquier bolsillo.

Allí nos presentamos, sin reserva, pero nos atendieron tan maravillosamente y tan rápido que hasta dudé si éramos VIP o simplemente tenían ganas de que les liberáramos la mesa pronto. Íbamos relajados y sin prisas. El sitio estaba a tope.

Una vez dentro y acoplados, tuve una revelación: no estábamos en un restaurante, ¡habíamos entrado en una convención digital secreta! La sala parecía la trastienda de una tienda de electrónica. Prácticamente todas las mesas estaban ocupadas por empleados de distintas empresas, y la estampa era la misma en cada una: la tablet abierta, el ordenador portátil desplegado y el móvil como un cubierto más. El camarero debía de tener un máster en esquivar aparatitos.

Como observador nato (y fisgón profesional), tenía material para un doctorado.

La mesa de al lado era un circo de la productividad. Uno de los comensales, que de seguro era representante de una casa de muebles, estaba en una conversación telefónica en manos libres mientras tecleaba furiosamente. Que si "las mesitas de noche", que si "los aparadores de diseño", que si "las estanterías que no caben ni en un palacio"... ¡Me empapé de la actualidad en mobiliario del hogar!

En la otra mesa, una chica defendía su mercancía con la fiereza de un león. Deduje que era representante de aparatos bucodentales. Hablaba de puentes invisibles, engarces rectos e implantología rápida. ¡Casi me hago un blanqueamiento entre el primer plato y el postre!

Y por si fuera poco, los comensales frente a mí resultaron ser veterinarios. Allí la cosa iba de enfermedades caninas y tratamientos para animales. Luego pasaron a discutir sobre bichos exóticos y raros que, por supuesto, sus clientes miman como si fueran de oro.

En resumen: nunca había almorzado rodeado de tantos expertos en diferentes disciplinas. Mi mujer y yo seguíamos con nuestra charla familiar, sí, pero no había forma humana de quitar el oído a semejante audiolibro.

El Diálogo Más Absurdo del Menú del Día

Y entonces, como era de esperar, llegó el clímax cómico.

El camarero, con la bandeja en ristre y una sonrisa que ya flaqueaba ante el bullicio digital, se acercó a la mesa del "mueblista".

—Disculpe, señor, ¿qué desea de beber y qué le pongo de primero? —preguntó con la paciencia de un santo.

El comensal, con el teléfono pegado a la oreja, soltó sin pestañear:

—De primero, tráigame una mesita de noche... ¡y que sea de pino macizo, por favor!

El camarero parpadeó. Miró al comensal, luego a la mesita de su propia imaginación.

— ¿Una mesita de noche? —Repuso el camarero, con una ceja arqueada—. Perdone, señor, pero creo que no la tenemos en el menú del día. Y honestamente, sería un poco indigesta... ¡y difícil de masticar con pan! ¿No preferiría algo más... comestible? ¿Quizás unas croquetas?

El "mueblista", que por fin parecía regresar del planeta "Ofertas Imperdibles", bajó el teléfono con una expresión de desconcierto total.

— ¿Croquetas? ¿Almuerzo? ¡Ah, sí! Perdone, camarero, ando cerrando un pedido grande y ya no sé ni dónde tengo la cabeza. ¡Pues de primero, tráigame lo que sea, pero que no sea para montar, por favor!

El camarero suspiró aliviado.

—Perfecto, señor. Le traeré la ensaladilla de la casa y unas aceitunitas. ¡Y prometo que no lleva ni bisagras ni tornillos!

La carcajada fue generalizada. El camarero, alejándose, murmuró para sí: "El día que me pidan una lámpara de pie con el gazpacho, me jubilo".

Está claro que llevarse el trabajo a un restaurante se ve con mucha naturalidad, pero choca un poco ver a todo el mundo mirando sus pantallas. La informática nos engulle a bocados.

Así que, amigos, un consejo vital: mejor dejar los aparatitos en el coche mientras comemos. No vaya a ser que la próxima vez el camarero, en lugar de un solomillo, nos traiga una dentadura postiza o ¡pienso para perros exóticos!

Silencio, se ¡Conecta!

Y es que, al final, me di cuenta de que este restaurante 2.0 tenía un nuevo y sutil menú: el de las conversaciones. Antes, la gente hablaba de verdad, con pasión, con gestos de las manos. Ahora, la regla no escrita es: "Donde no hay cobertura, no hay conversación."

 En cuanto veías una red Wi-Fi robusta, se hacía un silencio sepulcral en la mesa, solo roto por el tecleteo furioso y los pitidos de los mensajes. Si el camarero hubiera gritado: "¡Se cayó la red!", la sala entera se habría levantado de golpe, con más pánico que si anunciara que no quedan existencias de patatas fritas. Así que, aunque nos perdimos el chismorreo familiar por culpa del vendedor de muebles y la dentista, al menos nos llevamos la certeza de que, hoy en día, el ruido más molesto del almuerzo no son las cucharas, ni  los  tenedores sino el sonido de una video  llamada a todo volumen.

La próxima vez iré a un convento de clausura para ver si hay menos aparatitos encima de las mesas, aunque me perderé la dosis de aprendizaje gratuito.

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